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Los ambientes periglaciares y una protección que en lugar de achicarse debería ampliarse

Los ambientes periglaciares y una protección que en lugar de achicarse debería ampliarse

Es lógico que gran parte de la discusión en torno a los glaciares pase mayormente por dos ejes: el cambio climático -o crisis climática- y los glaciares en sí mismos. Sin embargo, no hay que temer cambiar un poco el foco. Porque cuando hablamos de glaciares no sólo nos referimos al hermoso y fotogénico hielo


Es lógico que gran parte de la discusión en torno a los glaciares pase mayormente por dos ejes: el cambio climático -o crisis climática- y los glaciares en sí mismos. Sin embargo, no hay que temer cambiar un poco el foco. Porque cuando hablamos de glaciares no sólo nos referimos al hermoso y fotogénico hielo blanco y azul. No hablamos únicamente de los glaciares como el enorme y majestuoso Glaciar Perito Moreno, en el Parque Nacional Los Glaciares, en Santa Cruz. Claro, la charla pierde “carisma” y tal vez, incluso, pueda aburrir a algunos.

En realidad, cuando hablamos de glaciares tenemos que plantear la discusión sobre algo mucho más complejo y menos intuitivo para quienes no somos especialista en la temática. Más aun cuando consideramos quela gran mayoría de los lobbistas que actualmente promueven la modificación de la ley de Presupuestos Mínimos sobre Glaciares y Ambiente Periglacial tienen muy en claro que esto que quieren romper no se trata de solamente de hielo blanco y puro. Cuando empezamos a comprender la complejidad de los sistemas de glaciares nos damos cuenta que incluso es posible que muchos legisladores, así como la enorme mayoría de nosotros, los ciudadanos de a pie, desconozcamos lo que realmente implica las modificaciones que buscan realizarse a la, por suerte, famosa ley.

Como dijimos tiempo atrás, la “nueva” modificación de la Ley de Glaciares, sólo por necesidades de inversión, es un error estratégico. “Nueva”, así entre comillas, porque la intención de modificar esta ley viene de larga data, con un lobby feroz, incluso antes de que sea promulgada, hace más de una década.

Entonces ¿de qué se trata la complejidad de la que hablamos? Lo realmente importante, pero poco intuitivo, es que lo que intentamos proteger no se refiere solamente al glaciar típico -al hielo a la vista, brillante-, sino también a los ambientes periglaciales, que son todo lo que no es el glaciar per se, pero que es fundamental para el mantenimiento de las condiciones, generación de humedad y, sobre todo, para la estabilidad de las masas de hielo.

Los sistemas periglaciales toman diferentes formas, entre los que se destacan el permafrost, o suelo que permanece congelado por lo menos por dos años consecutivos. Y  los glaciares rocosos, que son formaciones de hielo y roca usualmente con forma de lengua que tienen un movimiento debido a la pendiente. Estos ambientes actúan como buffero, áreas de amortiguamiento en muchos glaciares limpios, es decir, como áreas que ayudan a sostener las condiciones de estas masas de hielo, incluso en un contexto de gran crisis climática como la que nos afecta actualmente.

Existen trabajos recientes de investigadores del IANIGLA-CONICET, en colaboración con universidades de Alemania, que ponen en evidencia que existen discrepancias y subestimaciones en la identificación de la superficie que ocupan estos ambientes periglaciales. Es decir, la Ley de Glaciares intenta proteger todo el sistema, pero aún actualmente hay una parte de este sistema que es difícil de determinar y que, probablemente, está siendo subestimada en su superficie. En síntesis: queremos reducir el alcance de una Ley que debería incluso ser ampliada.

La importancia de los ambientes periglaciares

Como dijimos anteriormente, el 15% de la población de Argentina subsiste gracias al agua de los sistemas de glaciares. El agua no sólo proviene de los glaciares blancos y prístinos, sino que tambiénes de estos ambientes de suelos congelados, sean permafrost y/o glaciares rocosos. Son reservas de agua de alta importancia por su abundancia y por su dinámica de congelamiento y derretimiento. Por lo tanto, los siete millones de argentinos mencionados dependen de todo el sistema. Pero aún hay mucho más detrás de estos sistemas menos conocidos: está la biodiversidad que albergan.

Trabajos científicos desarrollados en glaciares de los Andes centrales muestran que la diversidad regional de las comunidades de alta montaña se ve afectada por la influencia de los ambientes periglaciales. Es decir, es posible encontrar una heterogeneidad de especies más elevada que en otros ambientes de alta montaña, principalmente en las comunidades de macro-invertebrados, en el zooplancton y en hongos.

Si bien estas comunidades no son demasiado visibles para la mayoría de nosotros y, por lo tanto, solemos ignorarlas o subestimarlas, son sumamente importantes tanto para los niveles basales de las cadenas tróficas y como descomponedores. Es decir, son fundamentales para la vida.

La pérdida de los ambientes periglaciales significaría reducción en esta biodiversidad adaptada a un entorno extremo de alta montaña, lo que genera una cascada de efectos hacia “abajo” y “arriba”. Hacia abajo en altitud, porque afecta las comunidades aguas abajo, perdiendo productividad, pero también hacia arriba considerando las cadenas tróficas y los animales de mayor tamaño que dependen de ellas para subsistir.

También, por ejemplo, existen ambientes muy complejos con vegetación de humedales, llamados “bofedales”. En Argentina existen principalmente en los Andes centrales y del noroeste. Dependen de las condiciones de humedad que es mayormente generada los sistemas periglaciales.

Estos ambientes están cubiertos por plantas adaptadas a las condiciones extremas de frio y altura, típicas de la cordillera, y tienen gran número de comunidades asociadas, desde invertebrados hasta vertebrados. Varios mamíferos nativos dependen de ellos, e incluso en algunas regiones animales domésticos que se crían en la altura los utilizan para alimentarse.

Además, existe un caso muy curioso, por la adaptación extrema que significa, como es el de la Diuca Ala Blanca. Esta pequeña ave, del tamaño de un chingolo, se alimenta en los bofedales, pero nidifica frecuentemente en paredes y cuevas de los glaciares, como estrategia para eludir depredadores y protegerse de las condiciones de la altura. Un caso único de especialización extrema muy llamativa que pone en relevancia la importancia de mantener la estabilidad de estos ambientes.

Si bien los argumentos usualmente más tratados para proteger un ambiente se relacionan al uso humano, no hay que perder de vista, que estos sistemas de plantas y animales descriptos muy someramente en este artículo son los que mantienen las condiciones necesarias para que ese uso humano pueda suceder.

En general lo que percibimos como importante de conservar es solo el resultado final de una cadena de eventos y condiciones que actúan de manera interconectada. Los procesos de deterioro ambiental y la consecuente transformación de las interacciones tienen un efecto sinérgico que acelera la pérdida de las condiciones que pone en riesgo la conservación de los glaciares y, consecuentemente, de las fuentes de agua.

Estamos viviendo un período de crisis climática que no sabemos cuando acabará -si es que acaba-. Por lo que todas nuestras acciones deben estar enmarcadas en el principio precautorio: necesitamos proteger de más, porque si nos equivocamos sobreestimando las consecuencias el riesgo es mucho menor que si nos equivocamos subestimándolas. Perder los glaciares no es perder solamente un paisaje fotogénico, sino que es también perder especies, ambientes y recursos fundamentales para la vida, incluso la humana.



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